La selección nacional del Mundial 94 alegró a todo un país. El estadio Hernando Siles se vio colmado de público.
El corazón paceño se conmovió anoche con el fútbol. La selección del Mundial 94 lo hizo latir con intensidad. El estadio Siles quedó al final pequeño. Unas 40 mil personas ocuparon sus graderías y el cemento de Miraflores se estremeció con los goles que marcó el histórico equipo verde para vencer (3-2) a un combinado local.

Fue una fiesta del deporte en pro de los damnificados de los desastres naturales de La Paz y el resto del país, pero también un reencuentro del aficionado boliviano con sus ídolos, con esos jugadores que anoche mostraron aún luces del fútbol brillante que tenían hace 18 años, cuando en 1993 lograron la clasificación al torneo que se jugó en Estados Unidos.
La gente copó primero preferencia y general, después llenó las curvas. Y los pocos claros que había fueron cubiertos por quienes en las afueras del estadio esperaban que se abran las puertas.
Con el imponente marco humano, el Siles parecía sede de un partido eliminatorio frente a Brasil o Argentina. El Bo-bo-bo, li-li-li y via-via-via se escuchó desde las cuatro tribunas. La gente coreó el nombre de los jugadores, especialmente de Carlos Trucco y Marcos Etcheverry.
La fiesta fue inolvidable. A William Ramallo se le cayeron las lágrimas al recordar las eliminatorias del 93. El grande Loco Trucco se sintió como un niño cumpleañero en casa. Está delgado, se recupera de una enfermedad, pero igual vino desde México (pagándose los pasajes incluso).
El resto tampoco falló. Sólo se sintió la ausencia de Jaime Moreno (vive en EEUU) y Álvaro Peña (en Ucrania), que no pudieron venir.
Casi todos están más pesados, más gruesos, con algunas canas que ya van cubriendo el cabello, pero con la calidad y el toque elegante y preciso de siempre.
El fútbol con el que brillaron no lo han perdido. La zurda de Etcheverry sigue ‘endiablada’, las manos de Trucco cubren aún el travesaño, los goles de Ramallo siguen haciendo temblar la red, la elegancia de Melgar aún lleva el frac, el cambio de frente y la mirada de líder de Baldivieso aún inspiran respeto como el toque fino y fuerte de ‘Platiní’ Sánchez.
Y el equipo en sí no ha perdido la magia de acariciar el balón, de no estropearlo, de no perderlo; de quererlo, de mimarlo y de anidarlo en el arco rival para alegría de todo un país.
El reencuentro de este grupo fue el reencuentro con Bolivia, con la historia y con la gloria. Y un mensaje al futuro, de que cuando se juega bien, un país está con su selección. Fue una linda noche en la que la palabra SOLIDARIDAD tuvo un significado muy grande, gigantesco.











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